agosto 23, 2018

En defensa de Platón – Parte I


(Diálogo ficticio inventado por el autor de este blog)

—Dime Odiseo, ¿la belleza es alguna cosa?
—Seguro que lo es, Sócrates.
—¿Puedes definirla?
—Sí puedo.
—Entonces compláceme.
—Es el gusto que tenemos por algo.
—Bien querido; entonces, algo que puede ser bello, no se relaciona a su utilidad o consecuencia.
—Así es Sócrates.
—¿Te parece bello el amor?
—Seguramente.
—¿Qué dices de la bondad?
—Absolutamente.
—¿Y la guerra? ¿Te parece bella?
—A veces sí, a veces no. Eso depende.
—¿De qué depende, mi estimado amigo?
—De sí se hace por motivos justos, si no se violenta a los débiles o no se humilla al vencido.
—Me parece recordar que asentiste que la belleza no se relaciona a su utilidad.
—Así fue.
—Entonces, ¿qué piensas ahora?
—Pienso que la guerra no es bella.
—Si el amor te lleva a cometer una indelididad, ¿sería el amor bello?
—Pienso que no, Sócrates.
—¿Pero la belleza puede ser única o está sujeta a los sentidos? Siendo de esta última forma un criterio basado en la percepción de cada uno, no permaneciendo único ni estable, sino mutable y subjetivo.
—Creo, Sócrates, que es posible encontrar belleza donde miremos o estemos, y que esta puede ser apreciada por muchos o por pocos, sin dejar de ser bella. Afirmo que una misma cosa puede ser bella al mismo tiempo que fea, para unos y para otros.
—Ya veo. De la justicia y de la bondad, ¿te parece que también pueden ser justas y buenas, a unos y a otros no, al mismo tiempo?
—Es por esto que, para determinar la justicia, tenemos magistrados que se encargan de ella; es con su sabiduría con la que contamos. También estos pueden separar lo bueno de lo malo. Lo que puede parecer justo para un asesino, podría no ser justo para la madre de la víctima.
—Queda claro, con tu afirmación, que tanto la belleza, la bondad y la justicia, no son patrimonio exclusivo de todos y cada uno de nosotros, sino que son susceptibles a nuestras ideas y pasiones. A menos que me digas: “Socrates, la belleza, la verdad y la justicia, no son exclusividad, son universales y sus conceptos son vagos y difusos, o exactos y precisos, pero únicos para cada uno, sin perder su integridad, entiéndase como se entienda”. Quiero decir, que cualquier definición sobre estos, es correcta para unos y falsa para otros. ¿Esto intentas decirme?
—Eso intento decirte.
—De lo anterior, como estos conceptos no son claros, fijamos un eje en torno al cual giran estos conceptos, siendo este eje un acuerdo entre los magistrados. Sin embargo, cuando no se trata de temas que competen a un magistrado, cuando se trata de determinar la belleza de una escultura o los rasgos atractivos de alguna criatura, ¿podríamos decir lo mismo? ¿Podríamos estar todos en desacuerdo porque estos conceptos varían en cada uno de nosotros? ¿O recurriremos a un magistrado?
—No sería necesario recurrir a una autoridad, porque aunque no estemos todos de acuerdo, la belleza de tal o cual cosa, que no incumpla la Ley, no es importante.
—¿Te parece que la aritmética es importante?
—Me parece que sí.
—¿Por qué te parece que sí?
—Porque mejoran nuestra sociedad, en la forma en que los hombres, al tener mejores conocimientos, podrán construir o gobernar con más precisión.
—¿Te parece de poca importancia mejorarnos a nosotros mismos?
—Definitivamente no.
—¿Piensas que el oficio de un sastre, que no comprende conocimientos teóricos de la aritmética, que normalmente no tiene que recurrir a la Ley, es de poca importancia?
—De ninguna forma.
—Un niño pequeño, que no conoce de aritmética, que no tiene oficio, que no recurre a la Ley y solamente a sus padres, ¿es de poca importancia?
—Un niño es siempre importante.
—¿No es el continuo ejercicio de la mente, el que nos ayuda a razonar mejor, a entender mejor? ¿No es, acaso, la forma en que un sastre, después de tanto intentar, se vuelve maestro en su oficio? ¿Cómo podría entender el hombre la verdad de los misterios, aquellos que realmente nos interesan, no aquellos que nos fuerzan a servirnos de estos o a estos, como el trabajo, la familia, el estado, la sociedad; sino los que, porque así lo deseamos, sin sentir obligación ni pereza, a meditar para comprenderlos? ¿No es cuando somos muy jóvenes o muy viejos, libres del mundo, que nos entregamos al entendimiento de estos conceptos y a la comprensión de lo que parece inevitable, cuando nuestros ideales son lo primero, o al menos lo inmediatamente siguiente a lo que nos fuerza el cuerpo?
—Pienso Sócrates, que el conocimiento de la belleza es tanto o más importante de lo que entendía.
—Y sí el significado de la palabra mesa sería, para aquel, lo que entendemos por una silla; o si para mí una mesa es como un pájaro; y tú lo entendieses como lo que es: un tablero con patas; dime tú, ¡oh, Odiseo!, ¿podríamos entendernos?
—No podríamos.
—¿No pasaría lo mismo con la belleza, el amor y la justicia?
—Pasaría lo mismo.
—¿Te interesa descubrir a cada uno de estos?
—Es mi deseo, aunque no estoy seguro de llegar a comprenderlo.
—Lo mismo para mí, estimado amigo, no creo ser capaz de tal empresa; pero si seguimos juntos, seguro nos entenderemos.
—Prosigamos.

Continuará...

2 comentarios:

  1. Sobre Sócrates, ''las nubes'', de Aristófanes. Una obra maestra.

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  2. Aunque el artículo es en defensa de los pensamientos de Platón; pero gracias por citar la comedia de Aristófanes.

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