Mr. President y su carta perdedora
Mr. President es el estrambótico presidente de un país dominante mundialmente, arrogante y codicioso in extremis, ansioso sin disimulo por el poder y las luces.
Él presume la existencia de fotos que verifican su aberrante líbido con menores de edad; extorsionado en consecuencia, por una cúpula gobernante, con intereses económicos, fanáticos y fundamentalistas, de un país que se cree a sí mismo, como el único pueblo elegido de su dios.
También cumple los deseos de las corporaciones más grandes de su país, quienes le ordenaron que debe subyugar a los líderes de las naciones rivales, apropiándose posteriormente, de sus recursos.
Y como todo presidente, debe fingir que le interesa el bienestar de sus votantes.
Mr. President, es el último heredero de una tradición hegemonista, que gobernó unipolarmente por tres décadas el planeta. Pero, mientras sus antecesores gozaban de su libertinaje, la semilla de la decadencia crecía entre la algarabía.
Transcurrido el tiempo, con la semilla convertida en un árbol frondoso, el Sr. Presidente, asesorado por sus acólitos y socios, decide jugar la carta final en el tablero geopolítico mundial, para mantener el control y aumentar las arcas de las corporaciones que él representa, mientras a sus votantes le vende la idea de grandeza en el porvenir. Panem et circenses.
Sagazmente, invade y domina Maduzuela, quizás el país más rico en recursos energéticos. Prosigue en su intentona con Irátollah, rico país en petróleo, gas y fertilizantes; pero Mr. President se topa con la poderosa resistencia iratollitah, que está apoyada por otras dos potencias.
El Presidente sabe que juega su última carta en la geopolítica mundial, y también sabe que no es una carta ganadora. Por esto duplica la apuesta, para causar el mayor daño posible sin importarle el mundo, porque le basta con alargar algunos años la agonía de sus votantes, mientras depreda otras naciones.
Se tambalean los fundamentos de la economía del país que gobierna. Su moneda, que antes representó a la economía mundial, se pierde como el eco apagado de un grito de victoria.
Puede lanzar la iniciativa del "Blasón de las Latinoaméricas", exprimir más a los países adulotanistas, aumentar ilegalmente los aranceles de importación a más de 100 países, amenazar a potencias como Chinamping y Putusia, presionar políticamente a países pequeños, manipular los mercados mundiales, etc. Pero decide hacerlo "todo en todas partes al mismo tiempo". Tiene tantos mecanismos para sumarle a "la maquinita".
Pero su moneda se contrae, sus bonos ya no los compran aunque le suban la tasa. Los países lacayos no pueden comprar más bonos, más les conviene venderlos porque ya las "papas queman". Las potencias rivales no quieren sus bonos o su moneda, prefieren el valor real del oro.
Mr. President tiene al reloj corriendo en contra de su Administración; y la fecha decisiva será el 4 de noviembre. Entonces, como Nerón, tocará su arpa mientras ve arder el mundo.
Imagine el lector, una realidad como la retórica ficticia mencionada, donde su existencia condiciona sutilmente, la realidad mundial. No ven lo que se viene, pero vendrá inevitablemente.

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