Entre la luna y la ciudad
Compartió con ella unos minutos, quizás dos horas; conversando del pasado, de las experiencias y sus enseñanzas. Ella le contaba dos de sus mayores retos en la vida y él, la oía mientras comía un poco de carne procesada, en uno de esos lugares donde la gente busca abundante sabor, sentados entre la confidencia de la multitud.
La miraba, la analizaba; la oía y le encantaba. Tan sencilla y delicada; transparente y honesta como ya nadie aquí; sin embargo valiente y decidida.
Una nadadora de ríos caudalosos que braceó hasta alcanzar un lago de tranquilas aguas; que ahora chapotea, elige la corriente y sigue hasta el final. Es como la luna llena que, cuando aparece, brilla en la noche intensa adornada con estrellas; a veces eclipsada por espesas nubes, pero no se detiene en su tránsito por el cosmos.
Él vive un drama interno, perdido en un océano psicológico que se agita con vientos interminables; a veces amaina la tormenta, y a él solo le sirve para descansar. Su mente no se detiene, no cesa en atacar. ¿A dónde se dirige? No lo sabe.
Me recuerda a una ciudad de un país tercermundista, abatido por el ruido, la contaminación, el desorden, la desidia y la inequidad. Condenada a padecer de sí misma, la ciudad nunca descansa.
Él alza la vista al cielo cada noche, y descubre la luna si las nubes lo permiten. Su alma solo puede extrañarla y la busca, pero él está perdido en las calles de la corrupta ciudad.

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