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Carta de un navegante a la Señora del puerto

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  Navegaba por el mare nostrum después de arriar la velas, movido solo por las tempestades, mareas y corrientes que me llevaron al límite de la vida, de donde se dice que nadie regresa. Allí, quizás, con un último esfuerzo y alentado por el conocimiento que tengo de las constelaciones, levanté lo que resta del aparejo y arrié las velas que me devolvieron al profundo mar, llegando a un puerto en la mitad de la nada. Encontré descanso y agua fresca, cuando superado ya estaba y bebía el rocío del amanecer. Aquí reparo y actualizo la nave, cambio las velas, subo provisiones y descanso. La Señora que me recibe en su posada, habla con palabras que me alientan, me nutren, me recuerdan el mundo que olvidé, mientras su ejemplo me enseña. Cuando la nave esté lista partiré; ya renovado me adentraré en el océano infinito. Me alejaré de tierra firme, pero sus palabras las llevaré conmigo. Hasta entonces la oigo y la veo. Estoy aquí.