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Mostrando las entradas de mayo, 2026

Cambiar yo para que cambie el mundo

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  El sufí Bayazid dice acerca de sí mismo:   «De joven yo era un revolucionario y mi oración consistía en decir a Dios: 'Señor, dame fuerzas para cambiar el mundo'».   «A medida que fui haciéndome adulto y caí en la cuenta de que me había pasado media vida sin haber logrado cambiar a una sola alma, transformé mi oración y comencé a decir: 'Señor, dame la gracia de transformar a cuantos entran en contacto conmigo. Aunque sólo sea a mi familia y a mis amigos. Con eso me doy por satisfecho'». «Ahora, que soy un viejo y tengo los días contados, he empezado a comprender lo estúpido que yo he sido. Mi única oración es la siguiente: 'Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo'. Si yo hubiera orado de este modo desde el principio, no habría malgastado mi vida». Todo el mundo piensa en cambiar a la humanidad. Casi nadie piensa en cambiarse a sí mismo.   Anthony de Mello " El canto del pájaro " 1982, Pag. 33

El ajedrez de la vida

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Normalmente juego ajedrez cuando estoy viajando, con la mente despejada; consiguiendo buenos resultados en un simulador, contra un jugador programado con 1300 ELO. Hace pocas semanas comencé a jugar ajedrez por las noches, en jornadas que se alargaban más de lo prudente; movido más por la frustración que por el placer, porque no podía superar a ese jugador preprogramado. Después de algunas noches de insomnio, creía yo que mi capacidad cognitiva en general, había decaído totalmente y el ajedrez era la confirmación de un proceso irreversible. Después jugué una tarde y superé fácilmente al oponente. Regresé al juego nocturno y perdí más de las que gané, después de algunas buenas partidas. Las últimas derrotas sucedieron con errores de novatos. Pero jugué otra tarde y volvieron las victorias. Así, realicé un ciclo de pruebas por otros días y llegué a las siguientes conclusiones: Un cerebro descansado o medianamente relajado, puede desarrollar toda su capacidad en este juego, mantenien...

Sempiterna

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No llegué a amarla, solo a quererla. Solo añorarla desde una memoria; porque nunca la conocí. Ahora es una esperanza antigua que no quiero olvidar. Cuando ya todos se hayan ido, y esté obligado a seguir el sendero de la noche, me despediré de esta memoria para no arrastrarla conmigo; quiero que viva eternamente entre los astros, acelerando constantemente en el cosmos, hasta igualar la velocidad de la luz. Quizás, si supera esta singularidad, desgarre el tejido del tiempo y algo de mí, que se impregnó en esta, la invite a buscarme en la noche final, regresando llena de luz, a mí. Y, aunque solo sea una memoria, ¡mi memoria!  Su luz me salvará.  Esta memoria es sempiterna. Siempre estará. Relacionado: Dos personas que jamás se amaron