febrero 07, 2018

Palomitay

Palomitay. Al caer el sol nos encontrábamos en esa pequeña plaza, yo te hablaba y tú picabas el maíz que te ofrecía. Largas fueron las tertulias que durante el fresco compartimos, pero tu presencia siempre fue silenciosa, y de vez en cuando comentabas mis palabras con algún arrullo.

¿Recuerdas que te te hablé de mi amor? De ese amor imposible y negado, de ese amor que palpita entre la belleza que se asoma por la naturaleza viva que nos rodea.

Palomitay. Ese amor se ha ido para siempre, ahora sólo veré su recuerdo dibujado con las estrellas del lejano cielo. Anoche he soñado que me prestabas tus alas para alcanzar aquella luz que se esconde en la profundidad del vacío infinito; que está más allá mi alcance pero más cerca del tuyo.

Ella fue el sol en mis mañanas, la luna en mis noches, el aire puro del parque frente a mi casa y el agua en el arrollo que serpentea rodeando aquel gran jardín. Fue el delirio en mi prosa y el canto en mis poesías. El tema de mis diálogos internos, así como el motivo de los suspiros que regalaba bajo una cálida luz en ese romántico lugar.

Ahora mi vida regresará a lo que fue antes de ella, antes de su aurora. Hoy, en el ocaso del día, entonaré tristes melodías en la soledad de mi habitación, y quizá mire por la ventana con la esperanza de llenar mis ojos con un nuevo amanecer

Palomitay, me voy compungido; no me busques, porque estaré tan lejos que no sé si volveré.


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