mayo 06, 2017

Un viaje sin ella


Entre el campo salpicado por largas plantaciones de eucaliptos que rodean la ancestral ciudad, caminaba yo, pausadamente sin cesar. El sol comenzaba a alejarse, cuando un aire frío me refrescó, al tiempo que, con mi colorida bufanda, me cubría el cuello; y mientras andaba con la camiseta remangada, disfrutaba el paseo escuchando la suave canción del riachuelo, que discurría por una quebrada, por donde se perdió.

Mas allá del pequeño río, sólo las aves cantaban y el rumor del viento se hacía presente a mi alrededor. Ya puedo ver la ciudad, bajando por la pendiente, cubriendo todo el valle con sus luces color ámbar y otras con un tono azulado. Está tranquila, como un cuerpo que descansa y duerme en una noche, como una criatura que se agazapa entre la media luz; entonces revive la nostalgia que siento al oír un añejo vals por casualidad.

A mi mente viene el recuerdo de una mujer, aquella simpática dama que está a cientos de kilómetros más allá, al otro lado de los Andes, más allá del vuelo cóndor, en el lugar exacto donde nacen mis sentimientos.

Sus labios rojos, su cabellera larga y negra; pero sobre todo: su sonrisa tan hermosa, me alegra en el descenso, antes de entrar en el valle, en donde mi paseo concluirá. He sentido su tacto y disfrutado su aroma; la he visto iluminar mi noche con sus brillantes ojos; me cobijé entre sus brazos cuando algún cansancio me embargaba; regó mi imaginación con sus ideas; escuchó con dulzura mis secretos y temores; jugamos y reímos juntos como dos adolescentes enamorados; y algunas noches, unimos nuestros cuerpos hasta dormir abrazados...

Sí, pronto estaré ante sus ojos, para recorrer el futuro que nos espera tomados de la mano. Pero hoy descansaré sin su compañía, en medio de los autos que se agitan por las avenidas y del gentío que inunda la ciudad. Estaré en mi habitación pensando en mi amada y, al amancer, cruzaré el altiplano para volver con ella.

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