febrero 26, 2017

La Rosa de mi jardín soñado

Caminaba entre los montes y el campo, bajo un cielo ligeramente nublado; recorrí quién sabe, horas en este valle sagrado, donde lo hermoso se funde con lo ancestral, donde respiré el profundo aroma de la limpia campiña, y exhalé las impurezas que mi alma estaba llevando.

En cada paso sobre la hierba fresca, como en una visión particular, del monte salpicado por viviendas de adobe y tejas coloradas, o por un amplio corredor andino divinamente natural, no logré apartar de mi mente, el pensamiento recurrente que tengo de una mujer, con quien sólo imaginé que algún día me llegaría a amar.

Las piedras grises y milenarias, se entremezclan con altos eucaliptos que se pierden entre los apus de este precioso lugar.  Y en medio de este paisaje de vida, donde las plantas crecen sobre las rocas y el viento refresca bajo un sol matinal, la energía fluye mientras mi aura se apaga, por recordarla, porque no puedo evitar regar mi soledad en estas quebradas, o dejar de esparcir mi tristeza a donde quiera que vaya,

Y tengo que aceptar la realidad que se impone: que estos días el sol se ocultó para mi, borrando la sonrisa que por la mañana tenía entre mis labios. Ahora prefiero regresar a la vida diaria, quizá así pueda acostumbrarme a su ausencia, o comenzar a pensar más allá.

La Rosa, la flor más bella de mi jardín soñado, se ha marchitado. Veo con resignación su recuerdo y comienzo a aceptar mis errores: que no supe preparar y regar la tierra, para que este hermoso capullo sea mi reina, como me había ilusionado.


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