diciembre 08, 2016

La noche que te conocí

No fue una noche cualquiera, estuve con ella, en una banca, al pie de una virgen, en un rincón  de un inmenso parque, allí, donde la luz escasea, cerca a una gran avenida, con gente yendo y viniendo a nuestro lado... pero nadie nos vio, y nosotros, en nuestra conversación, los olvidamos.

El aire fresco e intenso empujaba hasta mi, el aroma de cedro que la perfumaba, que me distraía, que no dejaba a mi olfato liberarse de su fragancia, de su dulce olor.

Y las horas pasaron, la noche transcurrió. El ritmo de la gran ciudad no se detenía, los autos seguían, la gente no dejaba de pasear. Entonces nos dimos cuenta del tiempo, de la noche, de las nubes que nos impedían apreciar las estrellas, a la luna, y evitaban pedirle un deseo al fugaz resplandor. Descubrimos en esa noche cerrada, que el mundo existía, que todo seguía a nuestro alrededor.

Caminamos con tranquilidad hasta otra avenida, para darnos un abrazo y decirnos el adiós. Llegué a conocerla, miré directo sus ojos negros, como quien mira en la inmensidad de la noche y encuentra una criatura entre la oscuridad.

Los secretos de su rostro, en mi memoria quedaron grabados; las palabras pronunciadas y hasta los cortos silencios, hoy los recuerdo y los atesoro, para qué, si algún día volvemos a vernos, seas tú para mi el presente, no el pasado, que ya llevo dentro.

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